IBERO TRANSFORMA

Carta editorial

 

Cuántos de nosotros le hemos hecho frente en reiteradas ocasiones a la muy compleja dinámica social, al sufrimiento y las realidades fracturadas. Caminamos con la cara en alto, el sol en la frente, el puño bien cerrado y la indignación latiendo fuerte en nuestros pechos. Y topamos con pared: todo aquello que, de tan cínico e inmóvil, se ha enraizado y no tiene la mínima intención de hacerse a un lado. Un dinosaurio descarado. Nuestra indignación se estampa y desmorona, y nadie más habrá de recoger los pedacitos en un buen rato.

El politólogo y antropólogo Ignacio Lanzagorta ha descrito la indignación como una “droga dura”:

Nos acostumbramos ya a una rutina de escándalos semanales. El gobierno federal y muchos de los estatales también… El pasmo nos recorre, pues esperamos la siguiente elección. A lo mejor la siguiente administración es más corrupta. A lo mejor no. A lo mejor logramos vigilar mejor a la siguiente administración. A lo mejor ésta aprende a cooptar los logros. Mientras tanto, esperemos el siguiente escándalo. A ver cuál sí logra superar el simulacro.

La crítica de Lanzagorta tiene una particular jiribilla contra el optimismo, que a menudo posee un amplio margen de tolerancia al deterioro por miedo a que el statu quo vuelva sobre sus propios pasos y hasta los tiempos de la zozobra. ¡Como si estos hubieran desaparecido!

Un aforismo retador: “El optimismo, más que de los memoriosos, es una herramienta de los acomodados”. Con o sin embargo, es posible pulir este argumento mediante la famosa máxima de Antonio Gramsci: “Pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad”. En nuestro espacio universitario concurren diversas escuelas de acción que invocan, acaso sin saberlo, a dicha retórica.

Digamos, hegelianamente, que las “realidades fracturadas” se pueden expresar en categorías racionales, y el conocimiento humano de la injusticia y la desigualdad puede ir más allá de la búsqueda metafísica o de la exploración a priori. Cuando está verdaderamente incorporado a su realidad social, cuando el pensamiento humanista es integral y progresista, el diagnóstico del estado de las cosas difícilmente es favorable: aparecen más y más zanjas oscuras imposibles de cruzar. El opresor no quiere y el oprimido no puede. Pesimismo del intelecto.

Pero así como ningún personaje es más inteligente que el novelista que lo pergeñó, ninguna moral es más avanzada que la época que la contiene. El barco de la historia no puede zarpar si los remos de la moral están afianzados, como anclas, a la orilla. La maldad es un motor magnífico porque el malo infringe las normas, limpia los óxidos con el ácido de su interés y espabila a sus compañeros, los remeros. El malo, retador e insolente, despeinado y con los pies sobre el escritorio, parafrasea a Arquímedes: “dadme una infracción y moveré el mundo”. Quien haya leído el Paraíso perdido sabe que, para John Milton, Satanás es un héroe que detesta las jerarquías, pero sabe que no le son inmanentes al universo. Optimismo de la voluntad.

Ahora compaginemos ambas perspectivas. ¿Por qué no concebir un centro de enseñanza superior como el prisma donde los distintos espectros de las escuelas pesimistas y optimistas confluyan y resurjan en un solo haz, en un solo faro –la metáfora marítima vuelve a estas líneas– que guíe el actuar de su comunidad e ilumine diversos caminos para la sociedad? En breve: que la universidad se convierta en un puerto seguro. Repensemos la educación superior como una sólida convergencia entre el análisis del estado de las cosas mediante los diversos métodos del conocimiento, y un cuestionamiento crítico y profundo de nuestros hallazgos, resultados, conclusiones: una valoración justa. En ese esquema, cabe imaginar que el punto de convergencia de ambos procesos –descripción y prescripción– serían los diversos apoyos infraestructurales que una institución educativa pueda ofrecerle al mérito, la disciplina, el trabajo, el compromiso y la curiosidad investigativa. Al entusiasmo.

“Es persiguiendo fines trascendentales como puede el hombre existir”, declaró alguna vez Sartre. La interpretación que cada estudiante, académico o investigador (cada agente, podríamos decir) pueda darle a este llamado a actuar es única y valiosa, pero también maleable: por las estructuras verticales que la educación de corte tradicional pueda ofrecer, pero también por las relaciones horizontales, por la “universidad de los compañeros”. (Desde hace tiempo que gente ha imaginado escuelas sin maestros en donde el motor de la actividad intelectual y el constante intercambio de ideas sean los generadores de conocimiento. Lamentablemente no nos da el espacio para discutir estas valiosas excentricidades). Valga entonces definir el fin trascendental de la universidad: en tanto institución educativa, analizar las rutas exploradas y canalizar las inteligencias y sus hallazgos; en tanto social, localizar daños, pulir disparidades, ingeniar nuevos procedimientos, facilitar comodidades: crear –permítaseme el término– civilización.

Estamos llamados a perseguir fines trascendentales, pero los fines no son abstracciones. Cada realidad social tiene sus exigencias: la solución más limpia de una fórmula compleja, un plano arquitectónico seriado o el diseño sonoro de un programa de radio son, cada uno a su manera, formas de las voluntades más bellas. El edificio de nuestros objetivos está fundado en fines más altos que la estructura que los ampara. No es cuando volvemos a nosotros mismos, sino a los demás, cuando la liberación verdadera sucede. El llamado es, entonces, a trascendernos a nosotros mismos para fundar sociedades más funcionales y justas. No hay mérito sin virtud ni virtud sin compañerismo. Apostar por la excelencia no está peleado con el acercamiento a las realidades vulnerables. Mucho menos con hacer público el conocimiento. Ese es el punto de Transforma, la página de divulgación de la investigación de la Vicerrectoría Académica.