La química más noble


Hacia una cultura científica: experiencias educativas diseñadas para poblaciones en situación de vulnerabilidad


La historia del doctor Ibáñez Cornejo comienza con un juego de química Mi Alegría y sigue con limpiar el agua de herbicidas, publicar materiales científicos en braille y llevar la ciencia a los rincones olvidados por nuestros gobiernos.

Ibáñez IBERO
 

Malas noticias: la ciencia en México no es para todos: es elitista, aristocrática, es discriminatoria. Porque así son los pilares de nuestra sociedad, así también las aulas a menudo, y los laboratorios, que precisan ser democratizados. Buena parte del trabajo del doctor Jorge Ibáñez Cornejo parte de la necesidad de llevar a cabo esa tarea: darle acceso a quienes tradicionalmente han sido considerados incapaces. De ahí su participación en proyectos como Hacia una cultura científica: experiencias educativas diseñadas para poblaciones en situación de vulnerabilidad proyecto originalmente financiado por la Convocatoria UIA-FICSAC para el Financiamiento de Proyectos de Investigación con Proyección Social 2014-2015 y que ahora forma parte de la Cátedra de Investigación Interdisciplinar Discapacidad, Tecnología e Inclusión (CATEDIS) del cual se desprendieron talleres experimentales de ciencias para invidentes y una valiosa publicación en braille: Experiencia tacto y contacto. Química experimental para personas con discapacidad visual.

Foro Invidentes Ibáñez

Pero la de democratizador es solo una de las facetas de Ibáñez. También está la de electroquímico, que se ha dado a la no fácil tarea de limpiar el agua de herbicidas.

Sí: herbicidas. En un siglo cada vez más preocupado por el medio ambiente, la palabra suena endemoniada, satánica. Es cierto que son un arma de doble filo, como cierto es que el mal filo hiere más a los países como México y su Cofepris, desfasados en el uso de agroquímicos. Los herbicidas destruyen plagas, y las plagas restan nutrientes a los cultivos, así como la luz que utilizan para crecer. También ayudan a deshacernos de la maleza y por lo tanto disminuyen la erosión de la tierra, que es mayor cuando se arranca la mala hierba. Sin embargo sería un error defender a capa y espada productos fitosanitarios como el metil paratión, un plaguicida organofosforado –uno de esos productos que nos dejaron los adorables químicos de la Segunda Guerra Mundial– prohibido en todas sus formulaciones en varios países por sus efectos en la salud y el medio ambiente. ¿México? En México todavía se utiliza.

Gusto profundo por el tema, paciencia, intuición, suerte y libertad: la fórmula que, de acuerdo al doctor Ibáñez Cornejo, no falla para ser un buen investigador de química.

Hace cuatro años, en el laboratorio de electroquímica de la Ibero, el doctor Jorge Ibáñez –junto con los Doctores Rubén Vázquez y Bernardo Frontana, así como estudiantes de la licenciatura en Ingeniería Química, la maestría en Ciencias de Ingeniería Química y el doctorado en Ciencias de la Ingeniería– realizaron un exitoso experimento: en celdas equipadas con electrodos de diamante dopado con boro efectuaron una reacción electroquímica que degrada en su totalidad cualquier residuo de metil paratión en agua contaminada proveniente del cultivo de alimentos como maíz, sorgo, frijol y haba en el Estado de México.

Digámoslo en palabras más sencillas: si la electroquímica, como explica el doctor Ibáñez, es “la ciencia que se encarga de ver la interacción entre la corriente eléctrica y las sustancias químicas”, el experimento con agua contaminada consistió en provocar reacciones a partir del uso de electrones, de electricidad. Pues bueno: después de cuatro horas, los electrodos de diamante dopado con boro biodegradaron en su totalidad el metil paratión dejando como residuos algunas sales minerales de nitrógeno y fosfato –inocuas y solubles en agua– y un poco de dióxido de carbono.

La concentración de herbicidas en el agua contaminada, que era de cien miligramos de herbicida por cada litro de H2O, desapareció por completo. Pero no todo es miel sobre hojuelas: los electrodos de diamante dopado con boro son tan caros como suenan. “Imagínate, ¡casi casi lo puedes cortar y dárselo a tu novia para sortija de boda!”, dice Ibáñez. Esto los ha llevado a realizar incursiones en otros tipos de electrodos –de platino, pero también de grafito. El reto mayor es, de acuerdo al doctor, bajar costos y “hacer accesible la tecnología a cualquier industria o institución que maneje residuos de cualquier tipo”. Más específicamente: realizar una tarea de divulgación (léase: democratización) que suponga más y mejor investigación para explorar el uso de materiales económicos.

La electroquímica es muy noble y muy sencilla de utilizar, pero casi nadie la conoce.

Es así como emerge de nuevo esa faceta de educador, la inquietud de divulgar el conocimiento. “La electroquímica es muy noble y muy sencilla de utilizar, pero casi nadie la conoce”. Acaso esta inquietud venga desde sus orígenes como científico: a Ibáñez la química le llegó, no por linaje, sino con un juego de química Mi Alegría. Con o sin la esperanza de encaminarlo a la ciencia, sus padres lo regalaron el kit a los 10 años. En aquel entonces Jorge tenía un compañero de escuela ya familiarizado con la experimentación química. Los compañeros son nuestros mejores profesores. Su primer hallazgo fue la cristalización del sulfato de cobre. Si uno contempla el azul perfecto del CuSO4, no es difícil comprender cómo un sencillo experimento puede cautivar la atención de una persona para siempre. “Nunca dudé”, dice Ibáñez.

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Jorge Ibáñez Cornejo es licenciado en Ingeniería Química y doctor en Fisicoquímica. Tiene dos posdoctorados: en Electroquímica de Semiconductores y en Sensores Electroquímicos de Glucosa. Es nivel 3 en el Sistema Nacional de Investigadores—el cual, dice, le ha abierto puertas y permitido un desarrollo personal y familiar más integral. Forma parte de la Cátedra de Investigación sobre Discapacidad (CATEDIS) y es pionero de la química en microescala en México—método que lo llevó a cofundar el Centro Mexicano de Química Verde en Microescala (CMQVM), merecedor del Premio Internacional de Química en Microescala en 2017, otorgado por la Universidad Tohoku de Japón.

De su trabajo, rescatamos un concepto pedagógico precioso: el aula inclusiva. Talleres de química para invidentes. Libros en braille. Cursos de biología en comunidades rurales. Conductímetros de bajo costo. Instrumentos de ciencia inclusiva para talleres de formación docente. Electroquímica democrática. Agua libre de herbicidas para todos.

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Hacia una cultura científica: experiencias educativas diseñadas para poblaciones en situación de vulnerabilidad

Convocatoria UIA-FICSAC para el Financiamiento de Proyectos de Investigación con Proyección Social

Cátedra de investigación Discapacidad; Tecnología e Inclusión.

Temporalidad: 3 años


También colaboran en el proyecto:

Dra. Cristina Gehibié
Dra. Carolina del Carmen López
Lic. Martha Ibargüengoitia
Mtra. Elizabeth García